cómo hablar del silencio aquel

 

La soledad a veces da miedo. De pronto sin embargo, frente a la página en blanco, se hace amiga, con su lado oscuro y su lado iluminado.

Y TE PREGUNTA:

¿QUIÉN SOS?




Ese hueco que deja enterrados algunos años de tu biografía, esas cosas que te pasaron y de las que no debías hablar. De tanto silencio hasta se empieza a borronear el recuerdo, querés hacer memoria y encontrás una barrera... ¿cómo entrar allí?

Con palabras, dicen los terapeutas y los poetas.

Levantás la mano y hacés la pregunta obligada: cómo vamos a poner palabras si ahí hay un cono de silencio como el que usaba el Superagente 86 para que nadie oyera los planes secretos, excepto Control.

¿Y si tu historia no encaja con quien tiene el Control?

Dónde habrá palabras para transmitir lo que sucedió, quizás en ese escenario de batalla arrasado.

Habrá que trabajar con palabras, despegar prejuicios.

Manifestaciones, colectivos de género, reconocimiento de las diversidades e identidades.

Luego, logramos que se despliegue en el tiempo algún hilo que desarme esta estructura -que sirvió para mantenernos alejados de Caos.

La angustia es ese mueble que no cesamos de desplazar dijo Barthes. Quizás no cesemos de desplazarla hasta que la ocupemos. 

La cuestión es no permitir que los discursos de los grandes poderes nos impongan el mobiliario.

Palabras que convivan en nuestra mente, con el silencio misterioso que repara, ese que modera el aliento.

La literatura nos da formas de organizar nuestras narrativas e intentar géneros nuevos- incluso la autobiográfica, para transformar obsesiones, a través de nuevas referencias comunicativas... Contar nuestra historia desde el amor, incluyendo al cuerpo y sus decires. 

Un relato que nos incluya tiene que sacar palabras de ese no-lugar.

Descalzarse, entrar al escenario caótico de nuestra memoria... y que el cuerpo active desde aquí.