sobre escuchar a los caballos


.

"La llave que yo tengo puede abrir / tan sólo el corazón / de los extraños"

Charly García.

Estamos en la zona de Traslasierra. El aire despierta aroma a yuyos, a monte.

En este paisaje, la astróloga y profesora de yoga Karina Pereira junto a su compañero Eugenio, dan un taller sobre Kirón y equinoterapia: "Sanando tus heridas"; aunque desde el vamos se nos advierte que... esta herida no sana.

El símbolo de Kirón representa una llave.

¿Adónde? A ese lugar de dolor que no cierra. Y también a un portal que me permite sanar, a otros y a mí-en-tanto-otro.

En 1977 se descubrió este cuerpo - mitad asteroide/ mitad cometa, que los astrónomos bautizaron Kirón. Aunque los astrólogos le dan más importancia que los primeros. Como se sabe, la astrología considera que los humanos resonamos en sincronía con el sistema solar y sus movimientos.

La mitología narra que Kirón es hijo del dios Cronos y de una ninfa del océano, Philera. Una versión cuenta que Philera, para esconderse de Cronos que la perseguía, se transforma en yegua. Cronos se convierte en caballo y hacen el amor. Cuando nace este hijo del dios que la acosaba, la ninfa abandona al centauro recién nacido, Kirón, entre las montañas.

Esta es la primer herida: haber sido abandonado, haber perdido la placenta materna.

Lo adopta una familia guerrera que le enseña el arte de la lucha y los secretos de la medicina. Le hacen transitar 12 pruebas que pasa con éxito, pero en el festejo bebe demás y provoca a Hidra, que le lanza una flecha envenenada y lo deja rengo de una pierna. 

Esta es la segunda herida. Puede verse como el momento en que la herida se vuelve el centro de la vida, y uno aplica la energía en escapar de ella. 

Kirón no se cura nunca. Desarrolla una maestría en curar a otros pero su pierna siempre le dolerá. Para escapar del dolor, Kirón renuncia a su inmortalidad.

"No se sana... se sublima, la sentimos como una herida injusta: ¿por qué a mí?"

¿Qué hacemos entonces con esta llave?

Un milagro, nos dice la astróloga, es ver la herida.

Los caballos y las yeguas serán animales privilegiados para conectarnos con este trabajo difícil.

Nos cuenta Eugenio que un psicólogo observó unos caballos salvajes relacionarse con niños autistas. Dedujo que estos animales leen el lenguaje corporal. Y así ayudan a conectar con la parte dolorosa.

¿Cómo ? "El caballo no entiende lo que te pasa, pero lee tu emocionalidad".

Tomamos contacto con ellos de forma libre.

Luego Eugenio y Karina van mostrando cómo nuestras dificultades para vincularnos a los caballos son equivalentes a las que tenemos en la vida cotidiana, en nuestras relaciones, y en el vinculo con nuestra propia fuerza.

¿Como actuamos cuando queremos acercarnos a alguien? Quizá temiendo molestar, quizás con miedo a que nos ataquen.

Trabajamos conectándonos con situaciones diferentes: de las que soy víctima, que niego, donde me sobreadapto, con relación al propósito de vida. La consigna es simple: guiar al animal de una posta a otra, conectados con cada una de esas intenciones.

Los caballos se empacan, o dan una patada, un rodeo, se detienen a comer, van en línea recta... Aceptan o rechazan ser conducidos por los humanos, según la emoción predominante que les transmitimos.

Detectan cuando existe o cuando no existe, un pensamiento conductor que toma el control.

De nada sirve tironear de las riendas como intenté tercamente.

Entonces se acerca el terapeuta y me ayuda a pensar: decido aceptar que, por ejemplo, suelo perder de vista mi propósito en las cosas que emprendo. El caballo comprende en seguida, y así, logramos llegar a la posta.